Philimon, un abandonado entre un millón

En verano de 2009 descubrí Etiopía por primera vez. Llegamos con el grupo de viajeros españoles a Axum, un pueblo cubierto de polvo en medio del desierto pedregoso al norte del Tigray, que de no ser por los obeliscos aún en pie, nadie adivinaría que fue la capital del fastuoso imperio axumita, un enorme reinado que se codeaba con el gran Egipto, el comercio del lejano oriente y el imperio hispano-luso de Felipe IV.

Tras las visitas a los yacimientos arqueológicos e iglesias de la ciudad, donde se dice que se alberga la verdadera Arca de la Alianza, el Arca perdida que buscaba Indiana Jones, lo más atrayente y atractivo para el tiempo libre aquí son las hordas de niños de sonrisas eternas, ojos curiosos y curiosamente, manos muy frías. El corro de la patata, el pilla pilla, el corre corre caballito y todos esos juegos que te dejan extasiado a la segunda vuelta y que nuestros niños ya consideran de la era del Cretácico, aquí son aceptados con gran entusiasmo. Más bien con euforia desatada.

Llegó el punto en que no podíamos más y como buenos adultos nos fuimos a tomar una cerveza. Obviamente no fuimos solos. Delante, al lado y detrás seguían tarareando: acachahé y vuélvete acacháh!

Un renacuajo de no más de un metro no me soltaba nunca; agarrado a mi pierna, mi mano, mi camiseta. No decía nada. No pedía dinero, no hablaba inglés, sólo miraba y se reía. Llegó la hora de irnos, el grupo avanzó hacia el hotel y yo me quedé con el niño lapa y su pandilla gamberrilla.

Y digo gamberrilla porque más tarde, tras haber visitado otras quince veces la ciudad de Axum en tres veranos gracias a mi labor de guía acompañante de grupos, pude comprobar la siguiente jerarquía de aquella pandilla: Sameal, 12 años, el jefe del clan, lo más parecido al capo de la mafia pero de metro treinta. Hablaba perfecto inglés y tenía la genial habilidad de inventarse historias falsas para sacarte dinero. Atakilti y Habtamu, de 10 años, los aprendices del oficio, corroborando cada falsa lágrima que Sameal desenfundaba para el objetivo final; la compasión del turista. Y luego estaba el resto de renacuajos, niños de entre 5 y 7 años, entre ellos Philimon, el niño lapa, que no están en la pandilla por dinero sino porque mientras los altos cargos sacan pasta a los farangi, ellos juegan al corro de la patata, su verdadera motivación. Pensad que en Etiopía los adultos no juegan con los niños. Primero que son demasiados y segundo que las madres están muy atareadas y no se lleva eso de llevar a los niños al parque. Su parque es la calle y las atracciones principales son los movimientos espontáneos de idas y venidas de personas. Y si son farangi la diversión está asegurada porque a los farangi nos encantan los niños africanos. Con cualquier mueca se parten de risa y te hacen sentir muy a gusto.

Como decía, me quedo rezagada con Philimon y el resto del clan. Charlamos en perfecto inglés Sameal y yo sobre sus familias, las decenas de hermanos que tiene cada uno, sobre la escuela, etc. Averiguo de todos menos de Philimon.

– ¿Y este niño tan guapo? ¿Cuántos hermanos tienes?
Como no sabe inglés Sameal hace de interlocutor, aunque sin dirigirse a él para nada.
-Philimon no tiene padres ni hermanos. Su abuela lo abandonó en la puerta de la iglesia hace unos meses y desde entonces vive aquí con nosotros.
-¿Y dónde está su abuela?
-No lo sabemos.
-¿Dónde duerme Philimon? ¿En la puerta de la iglesia?
-Al principio sí pero ahora vive en mi casa. Yo tampoco tengo padres. Somos muy pobres pero una señora nos trae comida todos los días a mí y a mis hermanos, y ahora también cuidamos de Philimon.
-¿Puedo ir a vuestra casa?
-Claro, vamos –dice Sameal.

Durante el trayecto, el capo de la mafia no paraba de dar órdenes en tigriña, una lengua del norte de Etiopía que se habla exclusivamente en Eritrea y el Tigray y que suena tan áspera como el desierto que lo rodea. Atakilti y Habtamu se iban del grupo, volvían con más niños, se volvían a ir, intercambiaban frases con El Padrino. Philimon no me soltaba. Subía a caballito, volaba como Superman, le daba volteretas… y el niño se partía de risa. Los demás renacuajos también querían. Pues ala, tres encima y uno colgando de la cintura.

Llegamos a un grupo de casas bajas, paredes de piedra y techo de chapa. Una niña nos abre la puerta medio desencajándola del marco, entramos y nos sentamos todos en la cama. El habitáculo consistía de una sola habitación inteligentemente oscura para protegerse del calor, dos camas puestas en forma de ele, una estantería con 3 platos y vasos y un hornillo a carbón para cocinar. Ni armarios con ropa, ni baño, ni comida almacenada en ningún sitio. Pero muy colorida. Todas las paredes llenas de pósters e imágenes de santos, la virgen María, Ronaldinho, Cindy Crawford (¿?) y el presidente de Etiopía, Meles Zenawi, que por cierto es del Tigray.

-¿Cuántos vivís aquí? –pregunto con esa cara y voz de “no pienso quejarme nunca más de que mi nevera es pequeña o de que tengo poca ropa”.
Sameal, como líder y portavoz, sentado en el suelo contesta:
– Pues yo, mis seis hermanos y ahora Philimon.

Miro las camas e intento imaginarme la hora de acostarse.

Pasamos la tarde juntos, como no, jugando y riendo y finalmente me marcho, con el corazón bastante encogido y pensando “vaya mierda de mundo”, ellos ahora parecen felices pero ¿qué será de ellos?

Al día siguiente nos marchamos con el grupo hacia Lalibela pero a las tres semanas yo regreso con el siguiente grupo y como no, les cuento la historia de Philimon y de la pandilla gamberrilla. El nuevo grupo, enternecido por la situación saca de la maleta ropa, bolis y libretas que habían traído para dar y se lo llevamos a Philimon y a sus hermanos de acogida, pero Sameal no tiene bastante y nos pide dinero. Carlos le da cien birr (unos cinco euros, el billete más grande que existe) y Sameal desaparece corriendo hacia el pueblo.

Dawit, nuestro guía local de Axum me pregunta.
-¿Conoces a Sameal?
-Sí. – Y le cuento que conocí su casa, vi las condiciones en que viven, que ni él ni Philimon tienen padres, etc. Dawit me mira y sonríe:
-Mira Marya, yo, aparte de ser guía local soy asistente social. Llevo el orfanato de Axum y conozco a todos los huérfanos de esta ciudad. Sameal es un “durriyé” –palabra que se podría traducir como macarra o mangui- Él tiene padres muy bien posicionados, sus dos hermanos mayores van a la universidad y él, que es muy inteligente y podría tener un gran fututo, si sigue así no será más que un holgazán que no sabrá más que alargar la mano y sacar dinero sin el mínimo esfuerzo. ¿De dónde crees que saca ese perfecto inglés? ¿De la escuela? No va casi nunca. Ha aprendido de los turistas, se pasa la vida pegado a ellos inventándose historias para sacarles todo lo que puede.

-¿Y Philimon?
-Él sí que lo tiene crudo. Su abuela lo abandonó porque es muy pobre y no puede cuidar de él. No tiene padres. Desde el orfanato le damos de comer algunas veces por semana. Ven y te enseñaré a dónde ha ido Sameal con los cien birr que ha sacado de Carlos.

Informo al grupo del giro inesperado en la trama y de la nueva situación y vamos todos juntos detrás de Dawit.

Llegamos a una casa con buen aspecto, me refiero a que estaba recta y la puerta se abría normalmente. Dawit llama a la madre y aparece una señora de incierta edad, de bellísimo rostro y blanquísima dentadura. Nos hace pasar y Dawit le cuenta que su hijo Sameal sigue mintiendo a la gente y comportándose como si no tuviera familia. La madre grita el nombre con voz tronadora y suelta una retaíla de asperezas guturales que traen al niño, que ahora parecía de verdad un niño indefenso, hasta el salón de la casa. Llevaba los cien birr en la mano. Se acerca a Carlos y se los devuelve. La madre se disculpa ante todos y echa al niño a la calle. Pero él se sienta entre mis piernas en el suelo y me aprieta como diciendo “lo siento mucho”.

La casa tenía un gran televisor, jarrones con flores de plástico por doquier, figuras de porcelana, retratos de bodas familiares, bonitos sillones decorados con esos bordados dorados y fucsias tan horteras que tanto gustan a los Etíopes (aunque cuando conoces el entorno tan seco del Tigray te acaban gustando a ti también) y muchos libros en inglés sobre derecho e informática, las dos carreras que estudiaban los hermanos mayores de Sameal.

El grupo de españoles observaba la casa con asombro y curiosidad y nadie hizo fotos por respeto, cosa que les agradecí tácitamente.

Dawit nos cuenta que esta es la verdadera casa del capo de la mafia, sus padres trabajan y sus hermanos tienen un gran futuro.

-¿Entonces, a dónde me llevaron la vez anterior? ¿Quién vive en aquella casa?
-Esa casa es de la señora que acoge a Philimon de vez en cuando. Tiene dos hijas de doce y catorce años y dos niños gemelos de la misma edad de Philimon, unos seis años. Mientras la abuela de Philimon pedía limosna en la puerta de la iglesia de Santa María de Sión durante los meses que estuvieron aquí, el niño jugaba con la pandilla de Axum e hizo muchos y nuevos amigos. Los dos gemelos y él no se separan nunca desde que se conocieron. –de hecho puedo constatar que parecen los tres Mosqueteros, siempre juntos y como es típico de aquí, abrazados por los hombros-.

Llegó un día en que la abuela decidió regresar a Adwa, donde vive, pero el niño se negó a ir con ella y ella no vio ningún inconveniente en que el niño se quedara.
-Es que la abuela estaba un poco loca. – dijo Sameal.
Dawit le dio una leve colleja:
-No digas eso, es una mujer muy pobre y vieja y está cansada. Pero no está loca.

Tomamos el delicioso café tradicional etíope preparado por la hospitalaria madre a quien no le importaba tener la casa invadida por trece desconocidos más unos diez niños, a quienes Dawit echó de la casa. Ahora era cosa de adultos. Philimon, que no me había soltado en unas res horas, sabía que hablábamos de él aunque no comprendiera ni una palabra de inglés. Él se podía quedar.

Antes de marcharnos Dawit insistió a la madre que vigilara a su hijo porque de seguir así, saltándose las clases del colegio, se vería obligado a hablar con el director para que lo expulsen y darle su plaza a otro niño que aprovecharía más la oportunidad de estudiar. La madre le agradeció el interés, nos pidió perdón por las molestias pero con sus gestos y digna pose nos hizo entender que sólo ella mandaba sobre su hijo.

Con este segundo grupo seguimos nuestra ruta de nuevo hacia Lalibela y yo, cómo no, volví a Axum una tercera vez con el tercer grupo del verano, a quién de camino a la ciudad, también le conté sobre Philimon. De hecho a los viajeros son las anécdotas que más les interesan, la vida real, la historia de las personas. Los obeliscos de Axum son parte de la historia, sí, y bien interesante, pero esa ya está en los libros.

Ya era septiembre y todos los niños iban a la escuela así que cuando paseábamos por las calles de Axum ya no nos asaltaban infanterías de niños gritando “colo patata, colo patata” cosa que yo echaba de menos pero que de algún modo también agradecía. El trabajo de guía de turismo es apasionante y lleno de aventura, pero a la vez no se puede negar que es muy agitado y duro tanto física como psicológicamente, catorce horas al día pendiente de todo, organizando las visitas, traduciendo la información, controlando que los viajeros estén bien, que disfruten y que obtengan todo aquello por lo que han pagado y mucho más, que los hoteles sean eficaces, que los restaurantes sean puntuales, que los conductores y guías te lleven dónde tú quieres, que los vuelos no se retrasen, que no se pierdan las maletas, que nadie se tuerza un tobillo en el trekking, que nadie te time con el dinero, que no timen a tu grupo, que los soldados te dejen pasar sin hacerte perder tiempo, y un largo etcétera. Por ello, pasear relajadamente por Axum era de agradecer. Sin embargo, a los poco minutos oímos una vocecilla aguda y tímida:

-¡Marya! ¡Marya!

Nos giramos y allí estaba Philimon, con su preciosísima sonrisa, sus inmerecidas ojeras y esos perennes mocos acuosos resbalando nariz abajo.

-¡Phili! ¿Selam new?- De un salto casi circense se me colgó al cuello y me apretujó con sus diminutos pero increíblemente fuertes brazos restregándome sus inocentes mocos por cara y cuello. Os podéis imaginar un par de lagrimillas de enternecimiento por mi parte que sin mucho éxito intenté disimular.

Más tarde, algunas mujeres del grupo me confesaron que a ellas también se les saltaron algunas lágrimas al contemplar la escena. Conocían la historia porque se la había contado, pero verlo en directo, según ellas, les emocionó.

Pregunté a Dawit por qué el niño no estaba en la escuela y me contestó que obviamente no tenía dinero para pagar los libros, el uniforme y las tasas de matriculación.

-Tío, habérmelo dicho antes.

De nuevo con todo el grupo de españoles y Philimon agarrado al cuello fuimos a comprarle su uniforme (setenta birr = tres euros y medio), cinco libros (cienbirr = cinco euros) y bolis.
La matrícula costaba tres euros el semestre, una cantidad simbólica y baja pero que un niño huérfano y sin ingresos no se puede permitir.

Me preguntaba dónde estaban los bolis que le había dado el grupo anterior y con el tiempo comprendí que los otros niños se los quitaban, como el balón de fútbol que le llevé el verano de 2011. No le duró nada. Aquí todo el mundo mira por sí mismo y agarra lo que puede. No se puede culpar a nadie, ni siquiera a los padres. La pobreza tiene el componente extra de que la gente se hace dura, muy dura, y sobrevivir con lo que sea, día a día, es más importante que la infancia de un niño. Así que un balón nuevo, bueno, traído desde la capital se puede vender perfectamente por unos ciento cincuenta birr, seis euros que dan de comer por lo menos cinco días a cualquier niño que le saque más de un palmo al renacuajo de Philimon.

Pregunté a Dawit de qué manera podía ayudar a Philimon.

-Llévatelo a España.
-No puedo. No estoy casada y el niño tiene más de cuatro años. Son los requisitos que pone el gobierno de Etiopía para la adopción. Además yo paso meses fuera de casa. Sería de nuevo un huérfano pero con Play Station. ¿No podrías albergarlo en el orfanato?
-Está lleno. Yo le doy de comer a través del comedor del orfanato algunas veces por semana y la madre de los gemelos le ofrece cama, pero no lo alimenta demasiado. No quiere saber nada de él pero sus gemelos le insisten en que no lo eche a la calle. No sé, algún día lo hará. Esa familia también es muy pobre. Ella es viuda de la guerra de Eritrea. El marido se fue a la guerra y nunca más volvió. Si quieres realmente ayudarlo primero tenemos que averiguar qué pasó con el niño, tenemos que encontrar a la abuela para preguntarle qué fue de sus padres. Si constatamos que es huérfano podremos acogerlo a algún programa de ayuda. No se puede coger a un niño de la calle sin saber nada de él y meterlo en un orfanato. Necesitamos datos.

Os podéis imaginar que no dudé ni medio segundo en ir a buscar a la abuela de Philimon, y por supuesto mis viajeros españoles conmigo, viviendo la situación real, cada grupo conociendo in situ una parte de la historia de Philimon, cada grupo un fascículo.

Nos montamos en el minibús el grupo de españoles, Dawit, yo y Philimon. Adwa está a unos cincuenta kilómetraos de Axum. ¿Cómo iba a saber el niño dónde había vivido? Hacía casi un año que no regresaba por allí y la memoria geoespacial de un niño de su edad no está muy desarrollada. Recordaba que su abuela vivía cerca de la mezquita verde. La encontramos. Preguntamos al vecindario por la familia de Philimon y pronto dimos con la casa de la abuela. Mis viajeros merodeaban la calle saludando a las hordas de niños y haciéndose fotos divertidas con ellos. Dawit y yo esperamos cerca de la supuesta casa y Philimon, como siempre, agarrado de mi mano, pero esta vez con la cabeza agachada.

-No te preocupes, no te vamos a dejar aquí. Sólo hemos venido a conocer a tu familia. Luego regresaremos a casa con los gemelos ¿vale?

Pedí a Dawit que se lo tradujera pero no surgió mucho efecto. Su cara era demoledoramente triste. En ese momento intenté ponerme en su piel y comprender lo que un niño abandonado puede llegar a sentir, aunque yo nunca podré saber qué significa no tener padres, que te abandone el único adulto que te queda, que te roben los regalos que unos farangi a modo de Reyes Magos venidos de Occidente te traen, que tengas que esperar a que alguien se acuerde de que hoy no has comido, a que la cama donde duermes puede que mañana ya no la tengas…y eso con seis diminutos añitos…bffff…qué mierda de mundo…

Desde el patio interior alguien avisó a la abuela del ajetreo que había en frente de su casa, y salió. Cuando vio al niño empezó a vociferar y a hacer gestos como que no lo quería por allí. Parecía que le habíamos traído al mismísimo diablo, o la peste, o algo peor, un niño en fase de crecimiento, carne de su propia carne del que ella no se podía hacer cargo por mucho que le doliera.

El niño me estrujaba la mano con fuerza, haciéndome entender que ni de coña lo dejara allí de nuevo.

-Chigger yellem eshi? Ahun eniedalen. Tinnish koi. Atasseb – No problema ¿vale? Ahora irnos. Espera un poco. No te preocupes.- Esto no es tigriña, es todo el amariña que pude desplegar, la lengua oficial de Etiopía, aunque el niño por aquél entonces tampoco lo hablaba muy bien. Vaya caos.

Entramos a la casa, un zulo de dos por dos sin ventanas y sin absolutamente nada más que un colchón roído en el suelo y una olla cuya forma y color no sé ni describir. Los tres vestidos que poseía la señora los llevaba puestos, cada uno tapando los agujeros del otro. La cara de la mujer era de un aspecto durísimo, era una cara cansada y recia, con surcos profundos, con la boca arqueada hacia abajo. Su mirada transmitía desidia y desconfianza, mucha desconfianza.

Dawit y yo la tranquilizamos y le explicamos que habíamos venido tan sólo a obtener información.
Nos explicó que el niño tenía madre. ¡Tenía madre! Y estaba viva ¡Estaba viva! El corazón se me iba a salir. Prosiguió explicando que el padre de Philimon era soldado y murió en el sur estando la madre embarazada. Cuando el niño tenía un año la madre apareció por casa de la abuela, le dejó al niño y se marchó. Cuando el niño tenía tres años reapareció la madre para visitarlos y se volvió a marchar. Desde entonces nunca más supieron de ella. ¿A dónde se fue? Probablemente a la frontera del Tigray con Eritrea. Aunque el conflicto terminó en el año 2000, ya no hay guerra pero tampoco hay paz. Miles de soldados custodian todavía la frontera en ambos lados lo que significa que para muchas mujeres hay trabajo. Como cocineras, limpiadoras o prostitutas. Dios, ¿qué estará haciendo? Si escogió el último oficio probablemente haya fallecido de sida. Los soldados son el medio más efectivo de transmisión de esta enfermedad. Se contagian a través de las prostitutas, contagian a las recién llegadas, regresan a casa y lo contagian a sus mujeres, estas lo contagian al futuro bebé, y no se termina nunca. Angel Olarán, un misionero vasco que lleva diecinueve años en el Tigray trabaja mucho en este ámbito sacando a niñas y mujeres de la prostitución ayudándolas con microcréditos y educación.

Tras escuchar estupefacta la traducción que Dawit iba haciendo, comprendí entonces que la abuela había sido muy inteligente al abandonar al niño en Axum, había tomado una dura pero acertada y sabia decisión. En Axum, por lo menos, aparecen turistas de vez en cuando y cada dos por tres hay festividades religiosas donde los etíopes hacen sus actos de donaciones a los pobres de manera que de algún modo u otro el niño podría vivir de la mendicidad. A Adwa no va ni cristo, así que lo mejor para el futuro del niño era abandonarlo. Ironías de la vida. La abuela no estaba loca, sabía lo que hacía, e hizo bien. El universo, que no juzga a nadie, le dio la razón cuando la señora se enteró a través de Dawit que yo quería ayudar a su nieto y que estaba dispuesta a pagar su educación, comida y sanidad, lo que habría sido imposible si el niño viviese en un lugar donde no aparecen turistas. Cosas del destino, o cosas de su Dios a quien ella agradeció con un gesto mirando hacia el techo.

Le agradecimos el tiempo que nos aportó y decidimos marcharnos. Dawit insistió en que nos hiciéramos una foto los tres juntos, la abuela el niño y yo para que conste que tiene un familiar adulto pero que no vive con él, por si en el futuro se necesitase esa información.

Antes de marcharnos le di quinientos birr a la abuela, el sueldo de dos meses de cualquier agricultor del Tigray. No sé si todavía está viva o no. Dentro de poco iré a Axum por mi cuenta a visitar a Philimon e intentaré encontrar a la señora para decirle que el niño ya tiene casi 10 años, que habla por los codos en tigriña y amariña y chapurrea el inglés, que la familia que le acogió no lo echará de casa porque un alemán les dona a través del programa de asistencia social cincuenta euros al mes y ahora tienen una casa más grande con tele y sillones horteras, que yo estoy pagando los gastos de Philimon y he abierto una cuenta a parte para cuando termine el colegio no tenga que dejar los estudios y pueda ir al instituto y a la universidad y que, irónicamente hizo bien en abandonarlo para que otros lo ayudaran. Aunque eso ella ya lo sabe.

En los veranos siguientes de 2010 y 2011 Philimon siempre aparecía cuando llegábamos a su ciudad, pero cada vez me evitaba más a mí y a mis juegos de cabra loca y se acercaba más a los hombres que iban en mi grupo. Miguel Ángel disfrutó muchas horas con Philimon cuando le llevamos el balón, Agustín lo hacía mosquear con llaves de kárate, y yo feliz de ver que ya no necesita una madre porque tiene una familia y hermanos, aunque algo triste de ver que ahora anhela un padre. Pero ahí yo ya no puedo hacer nada.

Por cierto, en las conversaciones telefónicas que mantengo con Dawit siempre me insiste en que Philimon, el que apenas hablaba, el que no dominaba ni siquiera el amariña, el que sólo sabía decir “hello” en inglés, el que no había tocado un libro ni lápiz hasta que lo conocimos; fue y sigue siendo desde que empezó, el primero de la clase.

Addis Abeba, enero de 2012.

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